A veces uno se siente como un aventurero a la búsqueda de Dios. En este
mundo, ¿no basta con perseguir la propia estabilidad: estudios,
trabajo, casa, familia, una cuenta corriente suficiente? Bastante aventura
parece eso tal y como están las cosas, ¿no? Y, sin embargo, la respuesta, una y
otra vez, asalta con claridad: ¡No! La vida tiene que ser más aún. Hay
en cada uno una sed, un anhelo, una pregunta que no es fácil de responder. Por
la felicidad, por el amor, por Dios.
Hay un primer paso en la búsqueda de Dios que es el de salir de los
terrenos conocidos, de las calles habituales, de las inercias. Dios aparece más
en las preguntas sin respuesta, en los rostros nuevos, en las situaciones que
me descolocan. Allí me vuelvo más vulnerable, pero quizás, también, más
auténtico. Da pereza salir. Se pone delante el fantasma de todo lo que puede
salir mal. O me pregunto: «Total, ¿para qué?» Pero sé que el para qué
tiene que ver con esa necesidad de algo que me llene de sentido. ¡Es hora de
salir!
¿Hay inseguridades en tu vida?
¿Hay «aventura» en tu búsqueda de respuestas?
Hay cosas en la vida que son intranscendentes. Importa poco si se hace bien
o mal. Dejan poca huella. Arriesgas poco en ellas, y se olvidan al poco tiempo.
Es necesario que sea así. Pero si todo en la vida es así, efímero, fugaz,
prescindible, entonces algo estoy viviendo mal.Es necesario tener una
pasión, un sueño, una meta. Es importante encontrar algo por lo que pondrías en
juego la vida misma. Dios, y su evangelio, puede caer en el ámbito de
lo provisional, o puede convertirse en la clave sobre la que construir una vida
entera.
Para ti, ¿qué lugar ocupa Dios?
¿En qué pones toda la carne en el asador?
SJ
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