Hay palabras que no se gritan. Por más que vivamos en un mundo estruendoso, donde parece que hay que hacerse oír por encima de mil ruidos. Hay palabras que se dicen y se escuchan en el silencio. A veces uno asocia silencio a soledad, a aburrimiento, a vacío. Parece que si falta algún sonido de fondo, alguna conversación, alguna actividad puede dar hasta vértigo. Pero es necesario tener, en la vida, espacios así. Momentos en los que las voces son más sutiles. En que el pensamiento requiere su tiempo y su espacio. Momentos de conversación queda, o de reflexión personal, o de oración callada. Shhhhhh!
Qué difícil es encontrar calma en medio de nuestra vida en la que todo es inmediato, efímero y cambiante Vivo a toda velocidad. Viajo en un AVE vital, en el que cada jornada está llena de nombres, noticias, citas, estímulos… una vida en la que todo se vuelve urgente y, de algún modo, fugaz. La memoria no da abasto, a la hora de almacenar tantos mensajes, tantas propuestas, tantas posibilidades. Necesito frenar, desconectar en algún momento de tanta energía, tanta velocidad, tanta inmediatez. Hacer silencio, respirar hondo, volverme, en oración, hacia muy dentro y muy fuera. Escuchar. Hacer paz.
Hay cosas que requieren su tiempo. Como un buen plato, que no se puede cocinar forzando el fuego. Como el deporte de élite, que requiere años de ejercicio para alcanzar la excelencia. Como el verdadero estudio que no entiende de atajos. Hay aspectos de la vida que piden calma, sosiego y la maduración lenta que da el tiempo y el criterio. También la fe es así. Necesita irse posando, ir encontrando formulaciones. Ir ganando en hondura y despojándose de adherencias que no aportan nada. Ir cuajando en unas pocas palabras auténticas sobre las que se levanta un edificio capaz de albergar la vida con toda su complejidad: tormentas, alegrías, aciertos, personas, proyectos, preguntas…